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En el dia de ayer, la Plaza de la Democracia, ubicada contigua al Honorable Concejo Deliberante de Florencio Varela, se convirtió en el epicentro de un emotivo acto de intervención ciudadana. A días de cumplirse el 50° aniversario del último golpe militar en Argentina, la comunidad se reunió bajo las consignas eternas de Memoria, Verdad y Justicia, transformando el espacio público en un símbolo de resistencia y compromiso colectivo.

La convocatoria reunió a una multitud heterogénea que refleja la esencia de la lucha por los derechos humanos: jóvenes estudiantes de nivel secundario, niños y niñas de jardines de infantes, vecinos autoconvocados, miembros de la comunidad educativa en pleno y funcionarios municipales. Todos ellos fueron protagonistas de una intervención participativa única, donde cada asistente fue invitado a tomar un pañuelo blanco y plasmar en él, o en mensajes escritos, su propio pensamiento, su dolor, su esperanza o su compromiso con la memoria histórica.

El diálogo que conmovió: los niños toman la palabra

Antes del inicio formal del acto, el presidente del Honorable Concejo Deliberante, Gustavo Rearte, compartió un momento espontáneo y conmovedor con los más pequeños. Al ver a los niños y niñas de los jardines de infantes que habían llegado junto a sus docentes y familias, Rearte se acercó a conversar con ellos. Allí, sorprendido por la naturalidad con la que los pequeños se referían a conceptos como la memoria, la democracia y la importancia de no olvidar, los invitó a ser parte activa de la jornada.

Fue así que, en un gesto que marcó el espíritu de la tarde, varios de esos niños se acercaron al micrófono y, con sus voces aún infantiles pero cargadas de convicción, expresaron frases que habían trabajado en el aula y en sus hogares. La emoción se desbordó entre los adultos presentes, que respondieron con aplausos, reconociendo en esas palabras la transmisión generacional más auténtica.

«No van a poder con nosotros»

Visiblemente conmovido por aquel intercambio, Gustavo Rearte tomó la palabra ante el micrófono central y dedicó sus primeras reflexiones precisamente a lo que acababa de ocurrir.

“Hace un rato, antes de empezar, estuve hablando con estos niños que hoy nos acompañan. Me acerqué, les pregunté, los invité a que dijeran lo que sabían, lo que sentían. Y lo que escuché me dejó sin palabras. Por eso quiero decirles algo: cuando veo llegar a estos niños, y después de escucharlos, ahí entendí que no van a poder con nosotros. Que no pudieron ni van a poder”, expresó Rearte.

Y agregó, en referencia al contexto nacional: “Está claro que la memoria sigue creciendo y es tarea de todos defenderla de estos ataques que vienen desde la máxima investidura presidencial. Pero lo que viví hoy con los chicos, verlos tan informados, tan presentes, esto me da la certeza, no la esperanza, la certeza, de que la memoria se fortalecerá aún más”.

El mensaje del intendente: «La llama siempre tiene que estar encendida»

Posteriormente, el intendente Andrés Watson tomó la palabra para sellar el significado de la jornada. En un contexto donde las políticas de la memoria vuelven a estar en el centro del debate nacional, el jefe comunal destacó la importancia de mantener viva la lucha sin importar el paso del tiempo.

“Esto es algo que pasó en la Argentina y por ello queremos memoria, verdad y justicia. Y vamos a seguir luchando por ello, sin importar que hayan pasado 50 años. La llama siempre tiene que estar encendida”, sostuvo Watson ante la gente presente en la plaza.

La fuerza de lo colectivo

La citada intervención en Florencio Varela no fue solo un acto conmemorativo; fue una reafirmación de que la construcción de la memoria es un proceso esencialmente colectivo. En un clima de respeto y emoción, los pañuelos blancos se multiplicaron en la plaza, llevando escritos mensajes como “30.000 presentes”, “Juicio y castigo” o simples dibujos infantiles que reflejan la transmisión de una historia que no debe repetirse.

A 50 años del golpe cívico-militar que sembró terror y dolor en el país, jornadas como la de ayer demuestran que, pese a los discursos de odio y los intentos de revisionismo histórico, la comunidad organizada —desde los más pequeños hasta los más veteranos— sigue siendo la guardiana inquebrantable de la memoria.

La plaza, colmada de voces y pañuelos al viento, se convirtió así en un territorio de encuentro donde la certeza de la que habló Rearte se hizo carne: la memoria no solo crece, sino que se defiende, se abraza, se transmite y, como quedó demostrado con el diálogo entre un funcionario y los niños de los jardines, también se celebra cuando las nuevas generaciones la hacen propia. En esa transmisión colectiva reside la garantía más firme de que el horror nunca más tendrá lugar. 

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