La conmemoración del 1º de enero de 1804 vuelve a poner en escena la revolución que el colonialismo intentó borrar: la insurrección de esclavizados que triunfó y la primera independencia de América Latina. Derrotó a tres potencias imperiales, abolió la esclavitud y fundó la primera república negra del mundo, un proceso radical que todavía incomoda al orden global.

La independencia de Haití se declaró el 1 de enero de 1804. La Revolución Haitiana no fue un exceso ni una anomalía histórica. Fue la respuesta inevitable a un sistema basado en la esclavitud, el racismo y la violencia colonial. Entre 1791 y 1804, en la colonia francesa de Saint-Domingue, hombres y mujeres esclavizados protagonizaron la experiencia emancipatoria más radical de la era moderna: derrotaron a los ejércitos de las principales potencias imperiales (Francia, Inglaterra y España), abolieron la esclavitud y fundaron la primera república negra del mundo.
Saint Domingue era la colonia más rica del Caribe. Su prosperidad descansaba sobre una maquinaria de explotación extrema, sostenida por el trabajo forzado y la deshumanización racial. Cuando en 1791 comenzó la rebelión, no se trató de un estallido irracional ni de una revuelta desordenada, sino de una revolución social que puso en cuestión el orden colonial en su conjunto. Allí donde la Revolución Francesa proclamaba derechos universales pero los negaba en sus colonias, Haití llevó esa consigna hasta sus últimas consecuencias.

De ese proceso emergió la figura de Toussaint Louverture, ex esclavizado convertido en conductor militar y político. Su liderazgo encarnó uno de los mayores temores del mundo colonial: un hombre negro gobernando, organizando ejércitos, negociando con potencias europeas y proyectando una sociedad sin esclavitud. Louverture no sólo derrotó a los ejércitos europeos en el campo de batalla; impulsó reformas administrativas, educativas y productivas que desafiaban el racismo estructural del sistema colonial.
La independencia proclamada en 1804 marcó un punto de quiebre histórico. La respuesta internacional fue el aislamiento y el castigo. Las potencias esclavistas temían el efecto contagio. Francia, derrotada militarmente, impuso décadas más tarde una indemnización colonial que endeudó a Haití durante más de un siglo. Haití fue obligado a pagar por su libertad, inaugurando una forma de dominación económica que todavía hoy condiciona su soberanía.

El castigo no fue solo material. Fue también simbólico. La Revolución Haitiana fue sistemáticamente minimizada, distorsionada o borrada de los relatos históricos dominantes. En el Haití independiente, surgieron intelectuales como Jean-Louis Vastey, pensador y funcionario del siglo XIX que denunció el colonialismo, el racismo y la violencia estructural del sistema esclavista. Vastey señaló con claridad que la barbarie no residía en los esclavizados que se rebelaron, sino en el orden colonial que los había reducido a mercancía. Europa eligió no escucharlos. Reconocer Haití implicaba aceptar que la modernidad occidental se había construido sobre la esclavitud y el genocidio. La revolución haitiana dejó en evidencia una contradicción central de la modernidad occidental: la igualdad proclamada en Europa no incluía a los pueblos esclavizados, a las mayorías. Haití expuso esa hipocresía y, por eso mismo, fue condenado.
Hablar hoy de Haití no es hablar de un “Estado fallido”, sino de una nación castigada por haberse atrevido a ser libre. Nada de lo que ocurre hoy en Haití puede entenderse sin esa historia. Las nuevas fuerzas de ocupación, el tutelaje internacional y la permanente intervención externa forman parte de una continuidad colonial que adopta otros lenguajes, pero persiste en sus objetivos. Presentar a Haití como un problema sin pasado es una forma de justificar su control en el presente. Detrás de la crisis contemporánea hay siglos de saqueo, endeudamiento forzado y ocupaciones que nunca buscaron fortalecer al país, sino controlarlo.

Mientras Haití siga siendo administrado desde afuera, el mundo seguirá eludiendo su responsabilidad histórica. No hay crisis sin castigo colonial acumulado. Para América Latina, y también para la Argentina, mirar a Haití no debería ser un ejercicio de caridad humanitaria, sino un espejo incómodo: allí donde un pueblo esclavizado se atrevió a llevar la igualdad hasta el final, el sistema todavía sigue pasando factura.
Por Nicolás Parodi, periodista.
