Es donde radica la principal fragilidad de la economía argentina. Los últimos datos de la balanza de pagos muestran un aumento del 15% en la deuda externa el año pasado, el retorno al déficit en la cuenta corriente y un patrimonio neto negativo con el resto del mundo de más de 200 mil millones de dólares si no se computan los dólares en el colchón.
El último informe del Indec correspondiente al cuarto trimestre de 2025 sobre la Balanza de Pagos (BdP) y la Posición de Inversión Internacional (PII) de Argentina con el resto del mundo es elocuente sobre la fragilidad de nuestra economía en ese aspecto y trae algunas sorpresas que vale la pena analizar.
El informe del Indec no sólo revela un nuevo aumento del 15% en la deuda externa durante el año pasado sino que, además, muestra el retorno al déficit en la cuenta corriente por la reducción en 75% del superávit comercial externo y un patrimonio neto negativo con el resto del mundo de más de 200 mil millones de dólares si no se computan los dólares en el colchón de residentes, todas señales que agravan las señales de insolvencia externa del país.

Balanza comercial
En la balanza comercial entre exportaciones e importaciones hay que distinguir por su diferencia de comportamiento entre la de bienes y la de servicios reales (sin intereses). La de bienes mostró en 2025 un superávit de 15.400 millones de dólares, con una reducción de 7 mil millones en relación a 2024, o sea una disminución de más del 30% en un solo año.
Esto fue consecuencia de un aumento muy superior de las importaciones (25,2%) que de las exportaciones (9,3%), obviamente como consecuencia del retraso cambiario en términos reales (dólar clavado con inflación interna que no cesa) y de la apertura importadora a través de la reducción de aranceles de importación y eliminación de otras restricciones.
Sin embargo, la situación más dramática es la de la balanza de servicios reales, donde el resultado de 2025 superó todos los registros históricos, con un déficit de 11.200 millones de dólares, mayor que el de cualquiera de los años de la gestión Macri/Caputo entre 2016 y 2019, que eran los récords anteriores.
También en este caso la causa fue el mayor aumento de importaciones (27,8%) que el de exportaciones (5,2%), fundamentalmente por el fuerte incremento del turismo en el exterior, que se computa como importación porque esos gastos se hacen en otros países con divisas. Y también el motivo de fondo es el retraso cambiario real, aunque además influye el blanqueo de capitales y fondos en el exterior.
De esta forma, consolidando ambos resultados, la balanza comercial total de bienes y servicios registró un superávit de 4100 millones de dólares, que resultó 75% inferior al de 2024 cuando había alcanzado los 16.700 millones. Si bien el déficit de la cuenta de ingreso primario (remesas de ganancias e intereses) resultó similar al de 2024 (13.900 millones de dólares), deducido del superávit comercial dejó un déficit en la cuenta corriente con el resto del mundo de 7600 millones, cuando en 2024 había arrojado un superávit de 5700 millones de dólares.
Demás está destacar cómo incrementa este resultado la fragilidad de la solvencia internacional de un país que necesitaría un superávit permanente de su cuenta corriente para atender los servicios regulares de su abultada deuda externa, sin hablar siquiera de amortizar capital.
Esta fragilidad se profundiza cuando se observan los valores de estas cuentas en los últimos once años, sobre todo teniendo en cuenta que en ese lapso la deuda externa argentina creció un 91% mientras que el PIB lo hizo en apenas 2,4%: sólo en 2020/21 y 2024 hubo un magro superávit en la cuenta corriente externa, arrojando de todos modos un déficit acumulado de 111.700 millones de dólares en esos once años. Con estos datos parecería que el riesgo país actual estaría por debajo de lo que debería estar.
Posición de inversión internacional
Mientras la balanza de pagos brinda información de flujo sobre lo que sucede a lo largo de un período (cuántos litros salen de un grifo por unidad de tiempo), la Posición de Inversión Internacional (PII) da una información de stock sobre cómo queda la situación de activos y pasivos del país con respecto al resto del mundo en un momento determinado (cuántos litros quedaron en el balde una vez que cerramos el grifo).
Haciendo un parangón con las técnicas contables, la PII nos informa cómo queda la situación del patrimonio neto del país con relación a los demás países, considerando que no es sólo una relación entre Estados sino también entre residentes y no residentes y organismos internacionales.
La primera cosa curiosa que surge de la PII a fines de 2025 es que el patrimonio neto de los residentes argentinos con respecto a los del resto del mundo fue positivo en 48.500 millones de dólares, lo que implica que es más lo que nos deben a nosotros que nosotros a ellos.
¿Y la deuda externa? El secreto de este aparente contrasentido está en los activos de la cuenta Monedas y Depósitos de Otros Sectores (particulares), donde se computan las tenencias de divisas de los residentes, cuya casi totalidad está fuera del sistema financiero, o sea los famosos dólares encanutados en el colchón. Esto es así porque la tenencia de divisas se computa como un crédito que los residentes le estamos dando a los Estados extranjeros, ya que la moneda de esos países es un título de deuda que emiten ellos y que no devenga interés.
Con un criterio más realista, esos fondos no deberían ser considerados disponibles para atender los compromisos externos del país ya que constituyen una forma de ahorro (atesoramiento) esterilizada que ni siquiera revierte al sistema productivo mediante créditos para inversión. El saldo de esos fondos a fines de 2025 fue de 254.900 millones de dólares, según el informe del Indec, y si se los resta de los activos externos la PII neta a esa fecha sería negativa por 206.400 millones, de todos modos inferior a la deuda externa total (320.300 millones de dólares).
Esa tenencia de divisas era en 2015 de 94 mil millones de dólares lo que implica un aumento de 120% en esos once años, casi el 7% por año, lo que da una idea del grado de desconfianza de los residentes sobre el funcionamiento y estabilidad de la economía argentina.
Otro dato llamativo es que la Inversión de Cartera, en bonos y acciones, de residentes en el exterior fue en 2025 mayor que la inversa (compra de bonos argentinos por no residentes) por 26.100 millones, lo que da otra pauta de desconfianza en los títulos nacionales.
Por último, se destacan en la PII que el saldo neto de los créditos tomados en el exterior superó en 2025 los 146 mil millones, cuando en 2015 no llegaban a 56 mil millones de dólares (incremento del 162%), seguramente por la percepción de menor riesgo cambiario.
Deuda E(x)terna
Otra de las novedades curiosas del informe del Indec es el aumento de la deuda externa bruta del país en 2025, que se incrementó en 43 mil millones con respecto a 2024, casi un 16%, dando de esta forma señales inversas de sustentabilidad de la solvencia externa.
Este incremento es casi el doble del mayor aumento anual que se había verificado en 2018 de la mano de los mismos endeudadores. El monto total de deuda externa representa aproximadamente el 53% del PIB del último año, y no más gracias al retraso del tipo de cambio real, contra el 26% en 2015. Otra señal de “mejora” en la solvencia internacional del país. De ese aumento de la deuda externa, casi 32 mil millones corresponden al Gobierno y el Banco Central, y el resto al sector privado y entidades financieras privadas.
Una última reflexión merece la relación entre la tenencia de divisas en manos de particulares (colchón) y la deuda externa bruta: casi 80% en 2025, después de haber llegado casi al 90% en 2023. ¿Será que nos hemos endeudado con el resto del mundo en los últimos años casi exclusivamente para amarrocar dólares en las cajas de seguridad?
¿Cuánto podría haber aumentado el estancado PIB si hubiéramos aplicado ese endeudamiento con fines productivos? Si bien es una pregunta contrafáctica, es hora de que empecemos a pensar cómo hacemos para movilizar esos fondos para desarrollar la economía, aumentar el empleo y mejorar la equidad social.
Por Daniel E. Novak economista y docente de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ).
